Al leer este libro, al que se le añadió el epílogo referente al mencionado concierto, es el propio Osbourne el que reconoce que «la muerte lleva ya mucho tiempo llamando a mi puerta y no creo que tarde mucho en tener que abrirle». El cantante tenía muy claro que iba a morirse, habla de su funeral, del calvario que llevaba viviendo desde 2018 en lo relativo a su delicadísimo estado de salud y también de pasajes de su historia que aclara sin ningún tipo de censura.
Es el caso de la muerte de Randy Rhoads, de su despido de Black Sabbath, de sus éxitos y de sus fracasos. Ozzy se sigue mostrando no como la estrella del rock que era, «si no tienes cierto ego no puedes salir al escenario» llega a decir, sino como un tipo normal que tuvo muchísima suerte y que la música ayudó a convertirlo en mito.
El recuerdo constante de su Birmingham natal, sus excesos con las sustancias, sus comentarios sobre Jake E. Lee e incluso sobre los discos que odia, o sobre la hipocresía del documental de The Beatles, son solo algunos puntos clave de un libro que hay que leerse con detenimiento para entender mucho mejor a un personaje tan inconmensurable.
Saber que falleció con una idea de un nuevo disco en mente, que solo pretendía seguir haciendo lo que le gustaba e incluso que tenía la intención de pescar en el lago Ozzy de su propiedad es siempre un duro golpe. Sus canciones nos acompañarán siempre y este libro también es de gran ayuda para reírse con sus ocurrencias y para entender que él mismo parecía haber cerrado ya el libro de su vida para dejar de sufrir. Larga vida a Ozzy.
No hay comentarios:
Publicar un comentario